miércoles, 16 de diciembre de 2009

EL MIEDO ASUMIR LA AUTORÍA DE MIS LETRAS


Yo me aventuraría a pensar el que Anon (anónimo),
Quien escribiera tantos poemas sin firmarlos,
Fue a menudo una mujer.
VIRGINIA WOOLF

De pronto se me ha aparecido en la memoria un episodio ocurrido en mi infancia hace muchos, pero muchos años en la época en la que aún vestía de colegiala, y cuando la función más importante, según las palabras de mi madre, era sacar buenas notas en la escuela. Resulta que en dicha época y, como según me cuentan aún se hace en los colegios, se celebraba: el día del idioma. En el colegio donde cursé algunos años se preparaba con bombos y platillos tan magno evento. Y creo que nunca he sentido tanto miedo como cuando se avecinó a mis doce años esa fecha. Suena tonto, tener miedo a una simple, rutinaria y monótona celebración, pero una vez les cuente el por qué de mi miedo, espero me entiendan.
Sucede que mi muy estimada maestra de antaño, doña Leonelia Rodríguez, incitaba la participación del estudiantado en la celebración más importante para los hispanohablantes, según ella rezaba. Nos hacía montar obras de teatro, recitar poesía, pintar carteleras con el rostro de don Miguel Cervantes, todo cuanto evidenciara la riqueza de nuestro idioma y el amor por éste. Por esas épocas yo ya escribía alguno trozos de poesía en las últimas hojas de mis cuadernos, bien fuera matemáticas o en la aburrida sociales. Pero lo hacía como un acto a hurtadillas y de esa forma me sentía más libre. Mis poemas guardaban el aburrimientos que surgían del encierro en el salón y de la emoción que despertaba en mí ver el viento como jugaba con el follaje de los árboles en el patio del colegio; hablaban de don Vicente –el profesor de matemáticas– y sus movimientos de volatinero para enseñar los conceptos abstractos; mis poemas eran la caja fuerte donde guardaba mi placer por los bombones de color rojo y los días de lluvia, depositaban también en ellos el aborrecimiento por la voz estridente de la profesora Dufay. Sólo en una época del año libertaba mis inspiraciones de su cárcel que era las últimas hojas de mis cuadernos y los llevaba al mural que se disponía para las palabras del alumnado. Ahí reposaban mis líneas, pero nunca les ponía el nombre de la autora. En un principio por dármelas de interesante, pero luego descubrí que era por miedo.
Miedo, sí, miedo. Miedo que no sé por qué vino aparecer a los doce años. Claro que era algo manejable, sólo me llevaba hacer prudente a la hora de pegar mi hoja color amarilla en el mural, o me hacía encomendarle la misión a mi buen amigo Esteban que pegará la hoja por mí. Pero el miedo no era otra cosa a que se hablara o se denigrara de mí. Es curioso que a esa edad ya se tenga miedo al que dirán. Sucedía algo muy sencillo: para el mural escribían tanto niñas como niños, pero mientras los segundos gozaban de una mayor acogida entre sus amigos, y más entre las niñas que les resultaban interesantes estos donceles, pues veían en ellos una sensibilidad muy ocurrente. Las primeras –las niñas– no eran bien miradas, se les decían ñoñas. Mantenían solas, no porque así lo quisieran, sino porque eran los seres extraños que escribían poesía. Sus versos eran acusados de cursis y muy rosas; pese a que ambos géneros escribieran sobre los mismos temas, las niñas siempre salían mal libradas. Esto me hace recordar hoy la preocupación de Rosalía de Castro cuando en su texto Las literatas decía: “No, mil veces no, Eduarda; aleja de ti tan fatal tentación, no publiques nada y guarda para ti sola tus versos y tu prosa, tus novelas y tus dramas: que ése sea un secreto entre el cielo, tú y yo. [….] ¡Qué continúo tormento!; por la calle te señalan constantemente, y no para bien, y en todas partes murmuran de ti. Si te haces modesta y por no entrar en vanas disputas dejas pasar desapercibidas las cuestiones con que te provocan, ¿en dónde está tu talento? Si vives apartada del trato de gentes, es que te haces la interesante, estás loca, tu carácter es atrabiliario e insoportable”. Pues bien, Rosalía sabía que el ejercicio de la escritura para la mujer era una anomalía, además de un atrevimiento que en últimas debía pagar su osadía con el rechazo.

Habían pasado tres años desde cuando mis poemas salían en el mural, pero no se sospechaba del autor. Hasta que un día la profesora Leonelia me vio pegar mi hoja amarilla en el mural que estaba decorado con el rostro de don Cervantes y me llamo a parte. Ella con su voz dulzona me dijo: “Voy a contarle a todos que eres tú nuestra autora anónima. La dueña de tan bellos versos”. No sé si lo decía de verdad o simplemente para que yo no me opusiera. Pero apenas escuché el "voy a contarles a todos”, algo en mi cuerpo se detuvo –por suerte para mí no fue el corazón–, la voz no me salía y las piernas empezaron a temblarme como si estuviera bailando samba. En ese momento me cubrió una sobra, y se apoderó de mí como una sanguijuela el miedo. Aferrada a mí sentía como mis fuerzas desaparecían y como me robaba mi capacidad de respuesta. Yo podía apreciar que cuán más grande se hacía el Anélido, más pequeña era yo. El miedo no me dejó que dijera algo que pudiera confundir a la profesora sobre el autor de esas letras.

Ese día 23 de abril la profesora Leonelia anunciaba por el megáfono que ella por casualidades de la vida había encontrado el dueño o mejor la dueña de todos esos poemas anónimos y claro, me atribuyó unos que ni siquiera eran míos. Y yo seguía temblando y estaba pálida, sentada en unas escaleras. Mientras mis compañeros se miraban y se reían, se reían y me miraban, y se comentaban que no podía ser, que esos poemas eran de Esteban, pues él era quien los pegaba. Qué yo no podía escribir así. Qué era niña y además no tenía el estilo. Hasta hoy me pregunto: ¿qué estilo? La profesora quedó muy feliz por su desmantelamiento y yo ahí, a la espera de lo que pasaría conmigo, de la actitud que asumirían mis compañeros. Además, me seguía rondando la idea de que yo no podía ser la dueña de esas hojas amarillas.

Entonces, las miradas cambiaron, pero no mucho, pues se dudaba de que yo fuera la autora. Esteban se llevó los méritos de esas líneas, y bueno, no tenía ganas de desmentir nada. Que mi buen amigo se quedará con los elogios, y yo me llevaba la mejor parte: escribir con libertad. Pues, me alentaba y me alienta saber que literatura no es ni masculina ni femenina, simplemente es literatura buena o mala, lejos e independiente del género. Desde ese día, dejé de escribir para el muro, pero mis cuadernos –sobre todo las últimas hojas de ellos–, siguen siendo la guarida de mis letras. La escritura en mí no ha dejado de ser un acto a hurtadillas. ¿Será qué aún tengo miedo?

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